Hola, mis queridos lectores de Salud, Ciencia y Fe. En mi entrada anterior les conté sobre una experiencia que marcó el inicio de mi carrera y la razón del nombre de este blog. Hoy quiero compartirles otra historia que se ha grabado en mi alma, una que me hizo reconocer el poder de Dios en medio de circunstancias que parecían oscuras.

Esta segunda experiencia sucedió en el ambulatorio de Flores, también en San Mateo. Allí conocí a una chica a la que llamaré Blanca. Muchas veces en la vida, se nos acercan personas con intereses extraños, y literalmente, pueden convertirse en una piedra en el zapato. Sin embargo, en el camino de la vida y con la perspectiva del tiempo, me he dado cuenta de que, para Dios, todo tiene una razón de ser.

Blanca se hizo pasar por mi amiga. Me ayudaba en el ambulatorio, me acompañaba a vacunar en sitios peligrosos de esa zona. Todo parecía normal hasta que un día se acercó y me dijo: "Necesito un favor tuyo". Le respondí: "Okey, sí, dime".

Y lo que me pidió me heló la sangre: "Necesito que me hagas un récipe por Citotec". Para quienes no lo conocen, el Citotec es un medicamento abortivo. Blanca me explicó que ya tenía tres niños, que estaban en una situación económica muy difícil y que, si su mamá se enteraba de un nuevo embarazo, la echaría de la casa.

Mi respuesta fue inmediata y rotunda: "Blanca, disculpa, pero ese no es mi trabajo. Yo no estudié para matar a nadie, y mucho menos a una criatura que no tiene la culpa de tus malas decisiones. Debiste haberlo pensado antes".

Ella insistía: "¿Qué te cuesta? Solo es firmar un récipe y ya". Incluso me sacó a relucir todo lo que ella me había "ayudado" hasta ese momento, como si fuera una deuda que yo tenía con ella. En ese momento, yo no era cristiana, y creo que realmente no creía mucho en Dios, pero de algo sí estaba 100% segura: todo lo que aquí se hace se paga. La vida es un boomerang.

Luego de mucho conversar, ella se resignó y decidió seguir adelante con su embarazo. Como era una mujer de contextura gruesa, nadie lo notaba. Días después, volvió a buscarme y me dijo: "Okey, lo voy a tener, pero tú vas a buscar a alguien a quien darle a ese niño porque yo no lo quiero".

Así comenzó mi calvario durante nueve meses, con el embarazo de esta mujer que me tenía "loca". El día que tuvo sus dolores de parto, fue al ambulatorio y me dijo: "Me voy a parir, y le dije a mi mamá que me iban a operar la vesícula, así que busca quién se lleve al niño porque no puedo regresar a mi casa con ese niño".

¡Bendito Dios! Se la llevaron al hospital y, sinceramente, no sabía qué hacer. Estaba en un callejón sin salida. Pero horas más tarde, recibí una llamada de Blanca. Me dijo: "Neyla, es una niña. Se llama Neylimar en honor a ti, y ya no quiero regalarla".

Respiré profundo. Sentí un alivio inmenso. Pensé: "Gracias, Dios, me sacaste a esta 'loca' de encima". Luego de esa experiencia, pedí mi cambio de ambulatorio y mi vida transcurrió normalmente.

Siete años después de todo esto, yo ya ni siquiera trabajaba en San Mateo cuando recibí una llamada. Era una voz infantil al otro lado: "¿Hola, licenciada Neyla Falcón?".

"Sí, ella habla, dígame".

"Me llamo Neylimar, tengo 7 años y estudio primer grado".

Realmente no recordaba quién era. Le dije: "Ah, ¿sí? ¿Y qué pasó, mami?".

Ella me contestó: "Yo soy la hija de Blanca".


¡Ahí fue! En ese instante, todo regresó a mí. Era la niña que Dios guardó desde antes de nacer. El destino me estaba llamando, y yo solo podía agradecer a Dios por haber tomado la decisión correcta en aquel momento. Como me decía la mamá, era solo firmar un papel y ya, "por hacer un favor a una amiga". Pero no, no todo es así. Todo tiene un propósito.

Para mí, fue un momento extraordinario, un encuentro que no tiene ninguna probabilidad de que pudiera ser así. No es común que los pacientes regresen, mucho menos después de tantos años y en tales circunstancias.

Esa niña está viva para la gloria de Dios. Ella no tiene ni la más mínima idea del impacto profundo que tuvo en mi vida. Su supervivencia cambió por completo mi manera de ver la ciencia, mi forma de entender la vida misma y, crucialmente, mi relación con lo divino. Hay experiencias y revelaciones que nadie puede quitarte; esa plenitud de entender que somos parte de un propósito divino que, muchas veces, escapa a nuestra comprensión inmediata.

Fue en ese instante, en la luz de ese milagro, que finalmente comprendí por qué quería dedicar mi vida a la enfermería y por qué este blog lleva el nombre de Salud, Ciencia y Fe. Porque la salud es, y siempre será, nuestro objetivo primordial. La ciencia es nuestra guía indispensable y la herramienta fundamental que nos permite avanzar, investigar y sanar. Pero la fe, ya sea que la depositemos en algo superior, en la inquebrantable resiliencia del espíritu humano, o simplemente en el poder transformador de la esperanza, es lo que realmente nos sostiene en los momentos más oscuros y difíciles. Es esa fe la que impulsa tanto al personal de salud como a los pacientes a seguir adelante, a no rendirse frente a la adversidad.

Esta experiencia me enseñó una lección invaluable: aunque la ciencia tenga sus límites inherentes o sus respuestas no sean siempre inmediatas o definitivas, siempre, absolutamente siempre, hay un espacio inmenso para la esperanza y para la capacidad de creer en aquello que, a primera vista, parece inexplicable.


¿Qué opinas de la historia de Neylimar? ¿Alguna vez has tomado una decisión difícil que, con el tiempo, se reveló como parte de un plan más grande? Me encantaría leer tus reflexiones en los comentarios.