Una de las razones más profundas que me impulsaron a abrir este espacio es la convicción de que todos los caminos, sin excepción, nos guían hacia Dios. No ha habido un solo acontecimiento en mi vida, por adverso que pareciera en su momento, que al meditar y reflexionar sobre él, no me haya revelado un propósito divino. Es un "¡Guau, esto ocurrió para esto!", una epifanía que, aunque a veces indescifrable al principio, se revela con el tiempo. Todo tiene un propósito, incluso cuando no lo entendemos.
Hoy quiero compartir una experiencia que marcó un antes y un después, una historia que me llevó a comprender el poder transformador de nuestras decisiones y la forma en que Dios teje cada hilo de nuestra vida. Recordarán en este blog "Salud, Ciencia y Fe" que mencioné a Neylimar, un recipiente de gracia en mis experiencias. Pues bien, lo que ocurrió con ella, años después, me permitió entender la trascendencia de haber tomado la decisión correcta en aquel momento, no solo para su vida, sino para la mía y la de mi hijo.
El Comienzo de una Nueva Esperanza: Amor, Familia y una Anhelada Bendición
Mi camino hacia Jesucristo comenzó en medio de un nuevo capítulo de mi vida. Venía de una relación fallida, con una hija maravillosa de nueve años, y conocí a mi esposo, quien a su vez tenía dos hijas. Al año de nuestra relación, la noticia de un embarazo nos llenó de alegría. Nuestro mayor anhelo, era que fuera varón, ya que ambos éramos padres de niñas. Todo parecía marchar a la perfección.
A los tres meses de embarazo, una visita al ginecólogo para el control ecográfico nos confirmó la noticia más esperada: ¡Era un varón! La felicidad nos desbordaba. Llegamos a casa y la noticia fue recibida con celebración y júbilo. Todo era dicha.
La Sombra que Acecha: Miedo, Fe y la Batalla por una Vida
Esa misma noche, en la madrugada, una sensación cálida y extraña me despertó. Le pedí a mi esposo que encendiera la luz y, al instante, nos dimos cuenta: estaba sangrando. Eran las 4:00 AM. Inmediatamente, salimos hacia el centro asistencial más cercano. El médico de guardia, con pesar, nos informó que "al parecer era un aborto espontáneo", y que se necesitaba una ecografía para confirmar y realizar un legrado. Toda la celebración del día anterior se derrumbó, sumiéndonos en una profunda tristeza.
Fuimos a una clínica para la ecografía y obtener la referencia al hospital. Y ahí, la mayor de las sorpresas: ¡el corazón de mi bebé estaba latiendo! La doctora, con asombro, me dijo que estaba vivo, pero que necesitaba reposo absoluto. Imaginen la incertidumbre y el temor, pero a la vez, el alivio de saber que mi pequeño luchaba por su vida.
En ese momento de vulnerabilidad, la sobrina de mi esposo, que practicaba la santería, se acercó a mí. Me dijo: "Mira, esto debe ser brujería. Sé que no crees en eso, pero te voy a mandar a preparar un cordón. Ni siquiera tienes que ir, solo tienes que ponértelo." A pesar de mi escepticismo, y en medio de la desesperación, acepté. Me puse el cordón. Durante el resto de mi embarazo, no volví a sangrar y me sentí bien, la tranquilidad, aunque superficial, parecía haberme alcanzado.
El Llamado Divino: Un Enfrentamiento Espiritual y un Milagro en la Sala de Parto
Un día, antes de mi consulta médica, visité la casa de mi esposo. Allí se encontraba su sobrina y un hombre vestido de blanco de pies a cabeza. El hombre, al verme, me dijo: "Hola, ese muchacho que llevas ahí es de nosotros." Desconcertada y con una mezcla de indignación y temor, le respondí: "Señor, ¿Qué le pasa? Ese niño es de Dios." Él replicó: "Yo se lo ofrecí a no sé quién." Inmediatamente, sentí escalofríos y una sensación terrible en todo mi cuerpo.
Me fui de ese lugar sintiéndome muy mal y fui directamente al médico. El Dr. me miró con preocupación: "Neyla, ¿Qué pasó aquí?" Le pregunté de qué hablaba, y con seriedad me dijo: "El niño se está ahorcando con el cordón umbilical, hay que sacarlo ya. Te voy a hacer la cesárea." Mi corazón se encogió. Le expliqué que no podía pagar la clínica. Él, entendiendo mi situación, me dio una referencia urgente para la maternidad del Limón en Maracay.
Cuando llegué allí, la doctora no le dio mucha importancia a la referencia. "Ya tú pariste, tú puedes parir," me dijo. Le expliqué la gravedad de la situación, que el niño tenía triple circular de cordón, y que yo era personal de salud, por lo que entendía la urgencia. Su respuesta fue contundente: "Mira, él manda allá, pero yo mando aquí. Te voy a monitorizar y si vemos algo, te opero de emergencia."
Así lo hizo. Me colocó oxitocina y un monitor cardíaco al bebé, y se fueron de la sala. De repente, la frecuencia cardíaca de mi bebé comenzó a bajar. Comencé a gritar, a llamar a la enfermera, a la doctora, pero nadie me escuchaba. Todo estaba en silencio, un silencio inusual para una sala de parto, que suele ser ruidosa. Tenía la extraña sensación de estar en otro lugar, sola y asustada.
Fue en ese instante de desesperación, en mi punto más bajo, que grité: "Dios, perdóname. Ya sé que esto fue por el cordón que me puse, pero ahora entiendo que nadie puede hacer por mí más de lo que Tú puedes hacer por mí. ¡Salva a mi hijo, por favor, te lo ruego!"
Y fue entonces, en ese mismo segundo, que todos los sonidos regresaron. Me escucharon. Vinieron corriendo y rápidamente me llevaron al quirófano. Había firmado para que me esterilizaran de una vez, pero la doctora se acercó y me dijo: "No te voy a esterilizar porque no sé si el niño nazca vivo y tú eres una mujer joven."
Me pasaron al quirófano. Sacaron al bebé. Estaba morado y no lloraba. Se lo llevaron de la sala, y mi angustia era indescriptible. Al rato, le pregunté a una doctora que estaba de ayudante en la cirugía: "¿Dra., cómo está el bebé Avilés?" Ella me dijo: "Avilés... bueno, él está malito, va para la incubadora." Yo solo podía llorar. Minutos después, vi a la doctora que me operó: "Dra., ¿Cómo está mi bebé Avilés?" Y ella, con una sonrisa, me respondió: "Avilés está bien, de hecho, lo van a pasar a tu habitación contigo." No sabía a quién creerle. Era como tener a Dios y al diablo en la misma sala, una decía que estaba mal y la otra que estaba perfecto.
La Liberación y el Encuentro con la Paz Verdadera
Finalmente, me pasaron a mi bebé a la habitación. Sentí un inmenso alivio. Mi mamá estuvo conmigo. Pero una extraña sensación de miedo persistía. Le decía a mi mamá: "No lo dejes solo, mamá, vigílalo." Dos días después, nos dieron el alta, pero esa sensación de miedo, angustia y ansiedad no me abandonaba. Venía a mi mente todo lo que había pasado y lo que aquel hombre vestido de blanco me había dicho. A todo el que me visitaba, le expresaba: "Siento que algo quiere matar a mi hijo."
Fui diagnosticada con depresión posparto, aunque lo que sentía era mucho más profundo y real. A pesar de ser enfermera, no podía explicarlo médicamente. Nadie podía sentir lo que yo sentía. Dejaba al bebé en la cama y, al regresar, lo encontraba ahogándose. Por eso, no lo soltaba ni un momento.
Un mes después, mi hermana fue invitada a un campamento cristiano. Le dije: "Yo me voy contigo. Necesito que Dios me quite esto que siento." Le pregunté si podía ir, y también mi mamá. Ella lo coordinó todo. Le dije a mi mamá: "Vístete, nos vamos a un campamento. Dicen que es un encuentro con Dios, y yo lo necesito."
Llegamos a una montaña llamada Sion. Unas muchachas se acercaron y quisieron tomar a mi hijo. Les dije: "No, no puedo, mi bebé se ahoga." Ellas me respondieron: "Tranquila, tu bebé estará bien, lo cuidaremos y vamos a orar por él."
Fue entonces cuando comencé a recibir las conferencias, y una paz indescriptible inundó aquel lugar. Desde ese día, el miedo, la angustia, la falta de paz y esa sensación constante sobre la vida y la seguridad de mi hijo se fueron de mi vida. Recibí todo y más de lo que fui a buscar. Mi hijo, gracias a Dios, nunca ha sido enfermizo.
Un Nuevo Amanecer: Confesión, Propósito y Misericordia Divina
Ese día confesé a Cristo como mi único y suficiente Salvador. Ese día tuve paz. Ese día, como enfermera, sentí una empatía profunda por las mujeres que atraviesan ataques espirituales como los que yo experimenté. Ese día recordé la decisión que tomé por la vida de alguien más como profesional de la salud. Quizás las cosas hubieran sido diferentes si yo hubiera decidido mal en aquel momento.
Hoy, escribiendo estas páginas, todavía me conmuevo hasta las lágrimas y doy gracias a Dios por Su infinita misericordia, gracia y favor. Desde ese día he cometido muchos errores, como todo ser humano, pero jamás me he apartado de esa Fuente de Gloria que nos permite la vida.
Querido lector, mi deseo más profundo al compartir mi historia es que puedas ver que, a través de cada circunstancia, Dios nos tiende una mano. Él es el único que puede ofrecernos la paz verdadera, la sanidad y un propósito eterno. Si hoy sientes un vacío, un miedo inexplicable, o simplemente anhelas una conexión más profunda, te invito a abrir tu corazón a Jesucristo. Él te espera con brazos abiertos, listo para transformar tu vida, así como transformó la mía.
