Hace poco me conmovió la historia de una actriz famosa que luchaba contra una enfermedad rara. Lo que más me impactó no fue la enfermedad en sí, sino el dolor que sentía por las burlas y el juicio de los demás. Contaba cómo se sentía constantemente señalada, ansiosa y deprimida. Su valentía al enfrentar sus miedos y hablarle al mundo públicamente sobre su condición me llenó de admiración.
Esa mujer me hizo reflexionar sobre algo crucial: cuando permites que una situación o la opinión de alguien te hagan sentir mal, les estás dando el control. Pero en el momento en que decides tomar el control, les quitas su poder. Y en ese acto de autoaceptación y valentía, hay una belleza que nadie te puede quitar. Es la belleza de conocer tu propia identidad, de saber quién eres y para qué fuiste creada.
Como decía un famoso conferencista, Yokoi Kenji, nadie puede quitarnos la luna. Pueden arrebatarnos todo, pero nuestra identidad, esa belleza interna que no se desvanece con el tiempo, esa esencia que Dios puso en nosotros, es indestructible. También recuerdo las palabras del pastor Dante Gebel, quien nos recordaba que somos honorables para Dios, de gran estima. ¿Qué puede superar eso? Absolutamente nada.
En un mundo lleno de competencia, debemos recordar que no deberíamos competir con alguien que fue diseñado a imagen y semejanza de Dios. Es como competir con el mismo Creador. Cada una de nosotras somos extremadamente Hermosas, y esa belleza es particular. Ya seamos delgadas, rellenitas, blancas, morenas, de tez más oscura o con catiras, todas fuimos creadas por el mismo fabricante.
La belleza externa, inevitablemente, se desvanece con el tiempo, pero esa que posees internamente, que te fue dada incluso antes de que nacieras, nadie te la puede quitar. Por eso, mi consejo es que seas feliz, vivas y disfrutes la vida. Enfrenta tu condición, quítale el control y recuerda: eres hermosa, linaje real escogido, nación santa, pueblo adquirido por Dios. ¡Que tu luz nunca deje de brillar!.
