El día que la fe se unió a la ciencia en una ambulancia
Hola a todos, ¡qué gusto tenerlos de nuevo por aquí! Hoy quiero compartirles una experiencia que marcó el inicio de mi carrera como enfermera, un evento que me llevó a nombrar este blog Salud, Ciencia y Fe.
Era mi primera guardia en el área de emergencia del ambulatorio de San Mateo, aquí en el estado Aragua. La noche transcurría con la habitual calma tensa de un servicio de urgencias, hasta que un niño de unos 10 años ingresó con una mordedura de serpiente. Su historia era inusual y escalofriante: al parecer, su padre coleccionaba serpientes y, de alguna manera, una de ellas había terminado dentro de la tina de una lavadora. El niño, jugando inocentemente, metió la mano y la serpiente la atrapó entre sus dedos.
Lo más preocupante era la descripción del padre: una coral. Para quienes no lo saben, la mordedura de una serpiente coral es especialmente peligrosa. En ese momento, la ciencia no había desarrollado un antídoto eficaz para su veneno. Sin embargo, en el ambulatorio no estábamos seguros si realmente se trataba de una coral verdadera o de una falsa coral, cuya mordedura es inofensiva. La Dra. de guardia, con la urgencia en su voz, le pidió al padre que fuera a buscar la serpiente para confirmar la especie.
Apenas el padre se marchó, el niño comenzó a mostrar los terribles síntomas de envenenamiento ofídico. No había tiempo que perder. La Dra. tomó una decisión rápida: había que trasladarlo de inmediato al Hospital José María Benítez de La Victoria. Y aquí es donde mi jornada dio un giro inesperado: como era la enfermera de guardia, la Dra. me dijo: "No hay tiempo de esperar a los familiares, te vas con él en el traslado".
En la ambulancia, con el sonido de la sirena como única compañía, algo del niño me impactó profundamente. A pesar del dolor y el miedo, se mostró increíblemente educado. Me dijo con voz apenas audible: "Señora, por favor, ¿me pasa la papelera? Quiero vomitar". Unos segundos después, con una inocencia desgarradora, me miró y me dijo: "Señora, me voy a morir".
En medio de la angustia de la situación, solo pude responderle: "No, papi, tranquilo. Solo recemos juntos. Dios es más grande que esto". Y ese día, aunque en ese entonces no me consideraba una persona muy creyente, le pedí a Dios con todas mis fuerzas, con toda mi esperanza y fe, por la vida de ese niño. Fue la primera vez en mi vida que sentí algo tan poderoso, algo que aún hoy no puedo explicar con palabras. Sentía que alguien más estaba con nosotros en esa ambulancia, escuchándome mientras rezaba.
Finalmente, llegamos al hospital. Pero la situación no mejoró. El médico de guardia no parecía tomar en serio la gravedad del caso. Decía que no se veían claramente las mordeduras entre los dedos del niño y, para mi desesperación, no se preocupó como yo lo estaba. ¡Qué dilema! Los padres no llegaban, el niño me pedía con sus ojitos que no lo dejara solo, y el chófer de la ambulancia, Freddy, me urgía: "Tenemos que irnos, hay un herido de bala en el ambulatorio y tengo que trasladarlo".
No quería dejarlo solo, sin atención y sin sus padres. "Cinco minutos más, Freddy", le rogué al chófer. Pero sus padres no aparecían. En ese momento de angustia, una colega se me acercó y me dijo: "Licenciada, váyase, que yo me encargo". Le pregunté con preocupación: "¿Seguro? Por favor, no lo dejes solo. Quédate con él hasta que lleguen sus padres...".
La angustia se me agarraba del pecho. "Licenciada, váyase, que yo me encargo", había dicho mi colega. Y yo, con el corazón en un puño, solo pude suplicarle: "¿Seguro? Por favor, no lo dejes solo. Quédate con él hasta que lleguen sus padres...". La mirada de mi colega me transmitió una calma que yo no sentía. Asintió con una determinación silenciosa, y aunque cada fibra de mi ser me gritaba que me quedara, la voz de Freddy, el chófer, sonó de nuevo: "Tenemos que irnos, hay otro traslado urgente".
Subí a la ambulancia, pero mi mente seguía en aquella camilla del hospital con el niño. La carretera de vuelta al ambulatorio se hizo eterna. Mis pensamientos eran un torbellino: ¿Llegarían sus padres? ¿Recibiría la atención que necesitaba? ¿Era realmente una coral? La ciencia decía que no había antídoto, pero ¿y si se equivocaban? La plegaria que había brotado en el traslado me regresó, más fuerte que antes. Esa sensación inexplicable de que no estábamos solos seguía conmigo.
Al llegar al ambulatorio, me sumergí en la rutina, pero mi atención estaba dividida. No podía dejar de pensar en el niño. Apenas tuve un momento, conversé con la médica de guardia. Su respuesta fue un golpe seco, cargado de un sarcasmo que me dolió hasta el alma.
"Neyla, ¿Qué te pasa? ¿Es que acaso te sacaste el título de una caja de detergente? Ese niño, antes de pisar la puerta del ambulatorio, ya estaba muerto. ¿O es que tú no sabes que la coral no tiene antídoto? Cuando ustedes se fueron, el papá trajo la serpiente y, efectivamente, era una coral".
Tuve que salir de mi área de trabajo un momento. Lloré. Lloré porque somos formados y capacitados para creer todo lo que es científicamente probable, lo que está comprobado, pero yo, a pesar de todo, tenía esperanza. Mi corazón de enfermera, de ser humano, no podía aceptar esa sentencia final. No era mi hijo, yo no tenía hijos en ese momento, pero ese niño y yo tuvimos una conexión. Creo que lo mismo que sentí yo dentro de esa ambulancia, lo sintió él.
Con esa mezcla de dolor y una pequeña llama de esperanza encendida, llamé al hospital. La voz al otro lado del teléfono era la de mi colega. Mi corazón dio un vuelco.
"¿Y el niño?", pregunté, apenas logrando que las palabras salieran de mi boca.
Lo que me contó fue devastador: el niño se había complicado mucho y había sido trasladado al Hospital Central de Maracay dada su situación crítica. Poco antes de que yo terminara mi turno, la Dra. Alis (como la llamaré por respeto) se acercó a mí y, con una frialdad cortante, me dijo: "El niño está muerto, no aguantó". Creo que ella solo quería tener la razón. Entregué mi guardia, pero en mi vida había llorado tanto por alguien como lloré por ese niño.
La mañana siguiente, ella entregaba su guardia y yo la recibía. De repente, suena el teléfono de emergencia. Era del Hospital Central de Maracay. "Licenciada Neyla Falcón, ¿sí dígame?". Me asusté. No es usual que te llamen de un hospital al que no perteneces ni es tu centro de referencia, a menos que un familiar tuyo haya tenido un incidente.
Pero mi mayor sorpresa es cuando la persona al teléfono me dice: "Llamamos porque un niño fue ingresado el día de ayer por emponzoñamiento ofídico de coral. Él está aquí, ¡está vivo! Llegó un antídoto experimental de Brasil en helicóptero y pudimos ponérselo a tiempo".
Me sentí feliz. ¡Un alivio inmenso! Pude decirle a la Dra. Alis lo que pasaba, en medio de júbilo y una alegría inexplicable. Era una mezcla de ciencia, perseverancia y lo que para mí fue un verdadero milagro.
Pero la historia no terminó ahí. Cuatro días después, llegaron al ambulatorio una señora y un niño preguntando por mí. Salí. No reconocí a la señora, y el niño estaba hinchado, no tenía pestañas ni cejas. Entonces, él me dijo: "¿Se acuerda de mí? Yo soy el niño que mordió la serpiente".
¡Qué mayor sorpresa! Lo abracé, lo besé, le di gracias a Dios. Lloramos juntos. Fue para mí algo muy especial, extraordinario. No es común que los pacientes regresen a verte, y para él, las probabilidades de que esto sucediera eran casi nulas.
Ese niño debe ser hoy en día un hombre. Pero él no tiene ni la mínima idea del impacto que tuvo en mi vida. Cambió mi manera de ver la ciencia, la medicina, la vida misma. Mi mayor anhelo es poder algún día volver a verlo y que sea un gran hombre de bien, al que Dios le dio una segunda oportunidad y me hizo ver que los milagros se producen cuando clamas profundamente.
Fue en ese instante que comprendí por qué quería dedicar mi vida a la enfermería y por qué este blog lleva por nombre Salud, Ciencia y Fe. Porque la salud es nuestro objetivo, la ciencia es nuestra guía y herramienta fundamental, pero la fe, ya sea en algo superior, en la resiliencia humana o en el poder de la esperanza, es lo que nos sostiene en los momentos más difíciles, lo que impulsa al personal de salud y a los pacientes a seguir adelante.
Esta experiencia me enseñó que, aunque la ciencia tenga sus límites o sus respuestas no sean inmediatas, siempre hay espacio para la esperanza y para creer en lo que a veces parece inexplicable.
