En una de mis últimas guardias antes de renunciar al ministerio de salud, ocurrió uno de esos extraños sucesos que ahora se han vuelto comunes en mi vida. No son tan seguidos, pero aún ocurren. Era una noche de guardia en el ambulatorio de Sorocaima, en Turmero, y mis compañeras y yo estábamos abarrotadas de pacientes.
De pronto, una patrulla de la policía llegó con una chica y un hombre herido de bala. El chico estaba agonizando. Como personal de salud, sabíamos que sus probabilidades eran nulas: tenía una herida de bala en el pecho, estaba cianótico y con dificultad para respirar. En medio del caos, la chica que lo acompañaba nos contó que les habían querido robar y que a ella solo le habían dado un golpe, pero a él le dispararon.
Mientras preparaba la solución Ringer intravenosa y el resto del equipo, una voz fuerte y clara resonó en mi interior: “Ora por él”. En medio de la conmoción y la emergencia, pensé que me estaba volviendo loca. "Será que no escuché nada", me dije a mí misma y seguí trabajando. Pero la voz insistió: “Ora por él”.
Ahí empezó mi lucha con Dios. ¿Cómo me pides eso? Le decía que el paciente estaba en el pasillo, no en la sala de choque; que me daba pena, con todos los policías, el personal y los familiares de otros pacientes mirando. Yo oraba por los pacientes, pero a solas, en sus habitaciones. Nunca en un lugar con tanta gente y en una emergencia como esa.
A pesar de mi resistencia, seguí con mi trabajo. Le puse la vía, le pasé el Ringer, y al ver que no había ambulancia disponible, me incliné y le pregunté al chico agonizante: “¿Quieres que ore por ti?”. Con un hilo de voz, me respondió: “Sí, ora”.
En ese momento, cerré mis ojos sin mirar a nadie, me agaché y le hable al oído. Delante de todos, comencé a clamar a Dios, a pedirle que lo recibiera en su casa, que perdonara sus pecados y que escribiera su nombre en el libro de la vida.
Cuando terminé y abrí los ojos, el silencio era absoluto. Un olor diferente inundó aquel lugar. La gente lloraba: el personal, los santeros, los funcionarios. Una gloria inexplicable llenó la sala. El chico, a pesar de su herida, comenzó a respirar mejor y dejó de estar azul.
La ambulancia no llegaba, y mientras todo esto ocurría, un funcionario de la policía se me acercó y me dijo: "Licenciada, yo nunca había experimentado algo así. No soporto el olor de los hospitales, por eso llego, dejo al paciente y me voy. Pero lo que siento hoy aquí no es normal, el olor es increíblemente diferente" y aun no me quiero ir.
Treinta minutos después llegó la mamá del chico. Era cristiana evangélica. Recuerdo que el joven le dijo: “Mamá, me estoy muriendo”, a lo que ella le contestó: “No, hijo, declara vida”. En ese instante, comprendí por qué esa voz me había insistido en que orara por él. Su madre se apartó y se arrodilló detrás de un árbol para orar, hasta que por fin llegó la ambulancia y el joven fue trasladado por sus familiares.
Nadie se iba del centro asistencial. Todos hablaban de lo que había ocurrido: de la probabilidad de que alguien con un disparo en el pecho agonizando resistiera casi 1 hora y 30 minutos, del olor que impregnaba la sala y de lo que hizo llorar a la gente. La camarera, que era santera, se me acercó y me dijo: “Licenciada, cuando usted estaba orando, su rostro cambió, no era usted”.
Créanme, no se confundan. No se trata de la oración que yo hice, porque a mí literalmente me daba pena hacerlo delante de tanta gente. No se trata de lo que nosotros hagamos, sino de lo que le permitamos a Dios hacer a través de nosotros. Como dice la escritura: “cosas aún mayores a la que él hizo, haremos nosotros”. Es cierto, pero solo seremos instrumentos que Él usa para su gloria y su honra. Nadie tiene esa clase de poder que se manifestó ese día y del que muchos fueron testigos.
El chico fue operado, pero tres días después, por complicaciones postoperatorias, falleció. Cumplió su propósito. Tuvo la oportunidad de hacer lo que debía y regresó a casa.
Hoy me alegro de no haber dicho que no, de no haber ignorado por completo esa voz. Lo que pasó ese día en ese lugar quedó en la mente y el corazón de muchas personas que fueron testigos del poder soberano de la presencia de Dios. Estoy agradecida de que, a pesar de todas mis debilidades, Dios me use para mostrar su gloria, su misericordia y su bondad.
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