Queridos lectores de "Ciencia, Salud y Fe",
Hoy quiero abrir mi corazón y compartirles una de esas experiencias que marcan un antes y un después; un testimonio vivo de cómo, a veces, los caminos de la ciencia y la fe se entrelazan de la manera más inesperada para crear un verdadero milagro. Acompáñenme en este viaje, donde una amistad entrañable y una fe inquebrantable fueron el hilo conductor.
Mi paciente, a quien con cariño llamaré Julieta Banderas, era mucho más que eso para mí. Era la madre de una amiga de la infancia, de esa comunidad de Payita donde crecí y soñé con ser enfermera. Recuerdo sus atenciones, su cariño, mucho antes de que yo usara un uniforme. Años después, ya convertida en enfermera, yo era su persona de confianza, su "enfermera de cabecera" cada vez que la salud le presentaba un desafío.
Julieta, diabética, mantenía su condición bajo un control admirable. Pero un día, una llamada cambió todo. Me contó que un médico le había dado un diagnóstico devastador: una herida en el pie, aparentemente inofensiva, había alcanzado el hueso. La solución era drástica: amputación. Escuchar esas palabras fue un golpe directo al alma, no por la gravedad del caso clínico, sino porque se trataba de alguien a quien quería profundamente.
Pero lo que me desarmó por completo fue su pregunta: "Licenciada, ¿qué opina usted? Si me cortan la pierna, me muero. Yo quiero que me entierren completa. ¿Qué hago?". El silencio se hizo denso entre nosotras. Mi mente de enfermera buscaba soluciones, pero mi corazón clamaba por algo más. Solo pude preguntarle: "¿Usted tiene fe en Dios? Porque para el que cree, todo es posible. ¿Qué tal si buscamos una segunda opinión?".
Y así comenzó nuestra cruzada. No fue una simple oración, fue un clamor desde lo más profundo de nuestro ser, pidiendo a Dios que interviniera. Emprendimos un tratamiento con la esperanza de ganar tiempo, mientras Julieta visitaba a un colega del primer médico, quien, para nuestra tristeza, confirmó el mismo diagnóstico: amputación.
No nos rendimos. Con la esperanza colgando de un hilo, buscamos a un tercer especialista en podología. Aquella mañana, en la consulta, el médico hizo un eco Doppler y su rostro se ensombreció. "Licenciada", me dijo, "el pulso es casi imperceptible en ese pie. Le daré tres días más de tratamiento, pero debo ser honesto: si ese pie se salva, es un milagro". Mi respuesta fue inmediata, cargada de una convicción que venía de lo más hondo de mi ser: "Y yo creo en un Dios de milagros".
El médico, con una mezcla de curiosidad y seriedad, me advirtió: "Usted debe 'casarse' con esta paciente. Tratamiento al pie de la letra, curas diarias. En tres días, la valoraré de nuevo. ¿Se da cuenta de que se está yendo contra la opinión de su médico tratante y de la gravedad del asunto?". "Sí, doctor, lo sé", respondí, con una determinación que me sorprendía hasta a mí misma.
Los siguientes tres días fueron una batalla. Gracias a Dios, vivíamos cerca y pude cumplir el tratamiento cada ocho horas, haciendo las curas en su casa. Con la familia de Julieta, hicimos un pacto de oración; todos se unieron. Sinceramente, cada vez que levantaba esa cura, mi corazón se encogía. Todo me decía que la infección empeoraba. Llegaba a casa llorando, de rodillas, diciéndole a Dios lo que mis ojos veían. "Señor, lo veo feo, ayúdame. Me estoy arriesgando por fe, pero no sé si fue la decisión correcta".
Hubo momentos en que, en medio de mi angustia, una voz dentro de mí resonaba con claridad: "Mujer de poca fe, ¿por qué dudas?".
Y así pasaron los tres días. Literalmente, me había "casado" con la señora Julieta. Cuando llegó nuestro turno en la consulta, la tensión era palpable. El médico, con el eco Doppler, recorrió el pie en silencio. Me miró, y con una sonrisa que no pude disimular, exclamó: "¡Hay pulso, fuerte y claro! ¡Esto es un milagro!". Sentí cómo un nudo en mi pecho se disolvía.
"Bien, hay pulso, pero no hemos terminado", dijo el doctor, y continuamos con el tratamiento. Al llegar a casa, mis palabras a Dios fueron de pura gratitud: "Gracias, Señor. Sé que no tengo el poder para sanar algo así, pero tengo al Dios de los milagros, soberano y poderoso".
Al terminar el tratamiento, volvimos con el podólogo. Su veredicto fue: "Tiene que ser tratada por su médico tratante. Está de alta. La herida está mejor, tiene pulso y necesita solo seguimiento y vigilancia". Entonces, con una expresión de asombro, me hizo una oferta: "Licenciada, ¿quiere trabajar aquí con nosotros?". Con lágrimas en los ojos, le respondí: "Doctor, créame, esto no se trató de mí ni de mis capacidades. Usted no tiene idea de todo lo que le pedí a Dios que hiciera el milagro. Gracias por su oferta, pero tengo trabajo y no puedo trabajar tan lejos, aunque es un honor".
Julieta continuó un año de rehabilitación con un especialista en Aragua. Este médico, al ver su recuperación, me envió un mensaje: "De aquí en adelante, yo hago las curas un día sí y un día no". Él se encargó del tratamiento, y yo, desde la distancia, solo la visitaba y oraba para que Dios continuara su obra, dándole sabiduría a su médico.
Fue un proceso extenuante, agotador física y emocionalmente. Pero un día, después de casi un año y medio, vi a la señora Julieta y a su esposo. Estaban caminando, ¡con sus dos piernas sanas!, en las calles de Turmero, saliendo de un restaurante de arroz chino.
Creo que el mayor privilegio de un ser humano es ver las respuestas y los milagros de Dios caminando entre nosotros, saber que pudimos ser parte de eso. La fe de Julieta, de su esposo, de sus hijos, de todos los involucrados, y ese clamor profundo, hicieron posible este milagro.
Así que, mis queridos lectores, aunque todo pinte contrario, si tuvieran fe como un grano de mostaza y claman desde lo más profundo de su ser, pueden ver los milagros del Todo Poderoso manifestarse de formas que desafían toda explicación. La ciencia nos da herramientas, la salud nos da el cuerpo, pero la fe... la fe nos conecta con lo ilimitado.
Un fuerte abrazo y que Dios les bendiga,
Neyla Falcon
